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Relatos cotidianos de una vida con fecha de vencimiento: yo y mis tres tetas

Aclaremos desde el principio: sé que el “yo” no va primero. Pero considerando que las dos primeras tetas y yo nacimos antes que la tercera, decidí organizar esto por orden de aparición. ¿Ta...

Relatos cotidianos de una vida con fecha de vencimiento: yo y mis tres tetas

Aclaremos desde el principio: sé que el “yo” no va primero. Pero considerando que las dos primeras tetas y yo nacimos antes que la tercera, decidí organizar esto por orden de aparición. ¿Ta...

Aclaremos desde el principio: sé que el “yo” no va primero. Pero considerando que las dos primeras tetas y yo nacimos antes que la tercera, decidí organizar esto por orden de aparición. ¿Ta?

Empecemos. Decidí escribir esta especie de diario —con ironía, con bronca, con amor— porque tengo cosas atragantadas. Y no me parece saludable tragarse palabras, especialmente cuando lo que te está comiendo por dentro es un diagnóstico de cáncer metastásico, estadio 4. O sea: lo que viene no es la cura, sino cómo se transita la certeza.

Hace un año volví a Uruguay después de catorce en Argentina. El plan era empezar de nuevo. Acá están mis amigos, mi gente, mi libertad. Conseguí un buen trabajo, una rutina que me hacía feliz, y en septiembre me sorprendió… una teta extra.

Una noche pasé la mano y sentí un bulto cerca del esternón. Tamaño pelota de tenis. Lo primero que hice fue preguntarle a una amiga si a ella también le pasaba. Ya saben, como eso de que todas tenemos un pie más chico o una ceja rebelde. Quizás yo estaba descubriendo una parte del cuerpo femenino cinco décadas tarde y quedar como una paparula con el médico. Pero no. Desde la puerta me dijo: “Eso no es normal, andá al médico ya”.

Fui. Y en una semana, el diagnóstico: cáncer de mama. Recién salido del horno.

Larga vida a la Universidad Pública

Los estudios comenzaron en noviembre. Primero me dijeron que era un carcinoma infiltrante, estadio 3, multiplicándose con entusiasmo de bacteria. La primera médica no decidía si empezar por cirugía o quimio. Y el tiempo pasaba.

Renuncié al trabajo. Me quedé sin ingresos. Pero como suele pasar en los peores momentos, apareció la red. Fátima me alojó, Pablo me siguió contratando, y Marianoel —médica, amiga, valiente— me instó a pedir una segunda opinión urgente en el Hospital de Clínicas, Programa de Mama.

Ahí empezó otra historia. Evaluación integral, gratuita, humana. Un equipo multidisciplinario que me devolvió la dignidad: oncólogos, psicóloga, asistente social, todos juntos como un solo cuerpo. ¿El resultado? Estadio 4. Metástasis. Sin cirugía ni quimio. Solo tratamiento paliativo oral y controles mensuales.

Y, sí. Mis tetas y mi pelo, esos viejos aliados, siguen conmigo. Algo es algo.

Pregunté por la expectativa de vida, me dijeron 64 meses. Hice la cuenta, 2030. ¡LPM! Me voy a perder el Mundial en casa. Me quise morir.

Biopsia, tres tetas y una rasqueta

La biopsia en la columna fue otro festival. Yo pensé que iba a ser como la de mama. Qué ilusa. Me anestesiaron, me acostaron boca abajo, máscara de oxígeno. No vi nada. Pero sentí todo.

“Pasame el martillo”, dijeron. Y ahí supe que lo que venía no era poesía. Le dieron a mi sacro como mormón al timbre.

El equipo del Clínicas, impecable. Incluso cuando los odié profundamente. Sabios, llamaron a mi amigo el Vasco, que me abrigó mientras yo tiritaba como culo de pingüino.

Sigo con mis tres tetas. No es joda. Como no me operan, la intrusa sigue ahí, soberana, plantada en medio del pecho. Ahí recordé los versos de la escuela primaria: "En el cielo las estrellas, en el campo las espinas, y en el medio del pecho, la República Argentina”.

Un momento ideal para sentirme apátrida. ¡Un psicólogo, a la derecha!

Eso sí, encontrar un corpiño que sostenga este portento anatómico no es tarea sencilla. Se aceptan nombres: TriSoutien, Sostén Triespacial… porque esto no se levanta solo, eh.

El Estado presente

Ayer lloré. Mucho. No cuando me dijeron “cáncer sin cura”. No cuando empecé a despedirme de lo que soñaba. Lloré ayer. Porque me dolía el tumor, porque me dolía el cuerpo, y porque me dolía también lo que no se ve.

Y porque en medio de todo eso, apareció algo inesperado: el Estado. Ese Estado que a veces nos defrauda, pero que otras —como ahora— te salva.

El Hospital de Clínicas no solo me trata, también me asesora. Psiquiatras, trabajadores sociales y abogados. Sí, abogados. Porque yo, sin ingresos, sin posibilidad de trabajar, tenía que tramitar una jubilación anticipada. Me explicaron todo. Me acompañaron a todo. El pase libre para el STM me lo dieron en el momento. La jubilación salió en tres meses. Retroactiva.

Y cuando la medicación que necesito —unos 4.000 dólares la caja— no figuraba en el vademécum del Fondo Nacional de Recursos, también me acompañaron a presentar un amparo judicial.

Eso es Estado presente. Eso es justicia social. No son discursos ni promesas. Son abrazos burocráticos que llegan cuando te estás desarmando.

¿Y todo esto saben por qué es? Porque el estado uruguayo me está devolviendo en servicios los años que aporté al sistema previsional, educativo y de salud como corresponde. Y el Estado responde, como corresponde.

¿Cómo? Manteniendo un presupuesto medianamente decente para sostener la excelencia de la Universidad de la República –laica, libre y gratuita– que no solo sostiene una tremenda estructura como el Hospital de Clínicas, sino que forma a los médicos, psiquiatras, trabajadores sociales y abogados que –sin cobrarme un peso– han solucionado todos los problemas que tenía, ya no solo como paciente oncológica terminal –sino como una persona que debió dejar de trabajar, que no tiene ingresos ni casa propias y que no puede pagar medicamentos ni abogados que la defienda.

Es el Estado que está presente para sostener al más vulnerable que aportó siempre al sistema que nos atiende a todos, y no regala jubilaciones sin aportes que no se pueden financiar y que el mercado no va a regular y se van a morir de hambre y angustia.

Pero me siento orgullosa del país que elegí como mi país de adopción; porque después de 20 años acá siento que algo colaboré para construir un país chico pero justo y serio, que no cambia las políticas sociales según el color del gobierno, y porque en definitiva, no estamos equivocados los que creemos que el estado puede y debe estar presente.

A Uruguay y Argentina no los separa un río; los separa un siglo.

Estrellato: triste como uruguayo contento

Después de publicar esta historia en mi blog, me llamó la ministra de Salud. Sí, la ministra. Para decirme que se emocionó, para ponerse a disposición. ¿Te imaginás eso en Argentina? ¿En México?

También me llamó el director del Clínicas. Me propuso contar mi historia como testimonio. Acepté, obvio. Porque quizás, si alguien me lee, encuentra un camino.

Después, El Observador. Esta crónica.

Y yo, que pasé la mitad de mi vida sintiéndome oriental nacida en el lugar equivocado, hoy me siento uruguaya. Como corresponde: un poco triste, un poco contenta. Triste como uruguayo contento, que es lo más uruguayo que hay.

Ahora, solo me falta conocer a Jaime Roos para morir tranquila. Te lo juro por Gardel, que todos sabemos que es uruguayo y nació en Tacuarembó.

Fuente: https://www.elobservador.com.uy/opinion/vivir-muriendo-yo-y-mis-tres-tetas-n6003762

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