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Hay veranos que te encuentran y veranos que te rescatan. El mío hizo las dos cosas. Yo venía de una etapa intensa, de esas donde una siente que la vida te puso en pausa sin avisarte. Trabajaba, creaba, me movía, pero el fuego del escenario, ese que te quema y te salva al mismo tiempo, estaba apagado. Extrañaba el teatro uruguayo, el vértigo del telón a punto de abrirse, la mirada del público buscando emoción. Necesitaba volver a sentirme artista desde la piel.

Y entonces pasó algo que todavía hoy siento que fue una alineación perfecta: un encuentro en Miami con Flavio Mendoza. Nos cruzamos casi de casualidad, pero tuvo el peso de las cosas destinadas. Hablamos como si el tiempo no hubiera pasado y él, con su intuición artística, me dijo que quería que formara parte de Tabú, un espectáculo que estaba preparando. Yo estaba feliz, motivada, lista para volver con todo a Uruguay. Pero Tabú finalmente no se llevó a Uruguay, y aquella conversación quedó flotando, como una puerta que nunca llegó a cerrarse.

Hasta que un día sonó el teléfono.

Era Flavio. Y me dijo: “Ya que Tabú no va para Uruguay, ¿te gustaría ser parte de Stravaganza Water in Art, una avalancha visual, sensorial y emocional que estaba por desembarcar en Punta del Este.

Ahí lo sentí claro: esa llamada era la continuación natural del encuentro en Miami. Era una segunda oportunidad, un deseo que había quedado esperando. Era la vida volviendo a mostrarme un camino artístico que creía apagado.

Cuando llegué a los ensayos en Punta del Este, algo en mí volvió a encenderse. El escenario húmedo, el sonido del agua, el ritmo de los bailarines, el vestuario brillando bajo las luces, el clima de verano esparcido por todo el teatro. Fue como volver a casa después de mucho tiempo lejos. Cada paso, cada marca, cada coreografía era una confirmación íntima de que tenía que estar ahí.

Y entonces llegó la noche del estreno. Todavía la siento en el cuerpo: el murmullo del público detrás del telón, el olor de las luces calentándose, el vestuario frío sobre la piel, la respiración sincronizada del elenco mientras esperábamos la señal. De pronto las luces se apagaron. Oscuridad total. Un latido. Otro. Y de golpe, como un estallido, el escenario se encendió con agua y color.

Salimos. Y el público explotó. Aplausos, gritos, gente levantándose de las butacas. Veía las caras iluminadas de la gente deslumbrada , escuchaba el rugido de la sala, y sentía que algo dentro de mí se acomodaba, como si una pieza perdida regresara a su lugar. En ese instante entendí que ese verano no era solo un trabajo: era un renacer.

Stravaganza me devolvió la fe. Me devolvió la fuerza. Me devolvió a mí. Ese verano fue, sin dudas, un verano memorable: el verano en que volví a creer, volví a animarme y volví a sentir que el escenario es mi hogar.