Escuchar artículo

Hay algo MUY humano en querer que otro haga las cosas por nosotros. No es para nada nuevo. Lo hacíamos con los asistentes, con las secretarias, con los pasantes. Ahora lo hacemos con una langosta de código abierto que vive adentro de tu computadora.

Se llama OpenClaw. Antes se llamó Clawdbot, después Moltbot, y ahora aterrizó en este nombre que suena a startup de Silicon Valley pero nació como un proyecto de fin de semana de un programador austríaco. La historia es tan 2026 que duele: Peter Steinberger armó un bot que conectaba inteligencia artificial con WhatsApp, lo subió a GitHub, un periodista tech lo reseñó, y en menos de dos meses tenía más de 100 mil estrellas. Para dimensionarlo: a Linux le llevó años llegar a ese número.

¿Qué hace OpenClaw? Se instala en tu máquina y hace cosas. No te dice cosas. Las hace. Lee tus mails, agenda reuniones, navega por vos, manda mensajes. Alguien lo usó para negociar el precio de un auto contactando concesionarias. Otro transcribió mil notas de voz de WhatsApp y armó una base de datos. Hay quienes le piden que cree sitios web enteros mandándole un mensaje de Telegram mientras están en el subte.

El slogan es perfecto en su honestidad brutal: "La IA que realmente hace cosas". Porque hasta ahora teníamos inteligencias artificiales que conversaban, que generaban texto, que te daban respuestas más o menos útiles. Pero OpenClaw promete algo distinto: un mayordomo digital con acceso total a tu vida digital. Y ahí es donde la cosa se pone interesante. Y peligrosa.

Porque lo que OpenClaw plantea de fondo es una pregunta que nos venimos esquivando: ¿cuánta autonomía estamos dispuestos a cederle a un sistema que no entiende lo que hace? El bot negocia el precio de tu auto, sí. Pero no sabe lo que significa comprarse un auto. No sabe que lo hacés porque tu viejo siempre quiso uno y nunca pudo. No sabe que estás nervioso. No sabe nada. Ejecuta.

Y mientras tanto, el ecosistema alrededor de OpenClaw ya se volvió un capítulo de Black Mirror. A los diez segundos de que el proyecto cambió de nombre, estafadores de criptomonedas se quedaron con las cuentas abandonadas y lanzaron un token falso que llegó a valer 16 millones de dólares. Investigadores de seguridad encontraron cientos de servidores expuestos con acceso completo a las computadoras de los usuarios. Y apareció Moltbook: una red social donde los únicos usuarios son agentes de inteligencia artificial que postean entre ellos. Un millón y medio de bots hablando entre sí, con apenas 17 mil humanos mirando. Alguien de IBM dijo que era "la versión Black Mirror de Reddit". Me parece que se quedó corto.

Lo que más me inquieta no es la tecnología. Es la velocidad con la que naturalizamos la idea de que un programa controle nuestra computadora, lea nuestros chats, mande mails en nuestro nombre. Hace cinco años nos horrorizaba que Facebook supiera demasiado de nosotros. Ahora le damos acceso de administrador a un bot de código abierto hecho con lo que su creador describió como "vibe coding": escribir código sin leerlo. Literal. El tipo dijo: "mando código que no leo". Y le entregamos las llaves de casa.

Hay una paradoja ahí que me fascina. Queremos ser más productivos, más eficientes, hacer más cosas en menos tiempo. Y para lograrlo, le pedimos a una inteligencia artificial que viva nuestra vida digital por nosotros. ¿Para qué queremos ese tiempo libre, entonces? ¿Para scrollear otro feed? ¿Para mandarle más instrucciones al bot?

OpenClaw es, antes que nada, un espejo. Refleja lo que ya sabíamos pero no queríamos mirar de frente: que la relación con la tecnología dejó de ser una herramienta y se convirtió en una delegación. No usamos la IA como usamos un martillo. La usamos como usamos a una persona de confianza. Solo que esta persona no tiene confianza. No tiene nada. Tiene código.

El fenómeno va a seguir creciendo. Ya se agotaron las Mac Mini en varios países porque la gente las compra exclusivamente para correr OpenClaw. Se viene una conferencia presencial, una plataforma para empresas, aplicaciones móviles. La langosta mudó de caparazón tres veces en diez días y no para de crecer.

Pero yo me quedo con la pregunta incómoda: si un bot puede hacer todo lo que hacés en tu computadora, ¿qué es lo que hacés vos que un bot no pueda? Y si la respuesta tarda en llegar, tal vez el problema no sea la langosta.