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La luz se cortó de golpe. Era habitual en los últimos meses, por eso Carlos no le dio demasiada relevancia. Siguió con sus tareas pensando que en breve todo se normalizaría: iba a poder darle algo de carga al celular y, lo que más le entusiasmaba, compartiría con su familia la pata de pollo que había comprado con los ahorros de casi un salario promedio en Cuba. Pasaron las horas, bajó el sol y la oscuridad continuó. Se fue a dormir y se despertó sin alarma, porque el celular ya se había agotado. Abrió la heladera y la pata de pollo empezaba a oler mal. La luz no había regresado.

Cuba es, desde hace años, un país expulsor de población. Las cifras oficiales —pese a la censura que podría pensarse— no esconden tamaño cambio demográfico: en menos de cinco años la isla perdió más de un millón y medio de sus residentes.

La administración de Donald Trump todavía no había anunciado el castigo con más aranceles al petróleo que llega a Cuba. Ni la respuesta de Miguel Díaz-Canel anunciando que estaba dispuesto a una negociación con Estados Unidos y admitiendo ante las cámaras extranjeras que Cuba estaba “asfixiada”.

A Carlos la supervivencia lo había superado meses antes. Nació cuando daba inicio la revolución cubana, en la misma época que el expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti era periodista y escribió maravillas de lo que veía, y le sigue manteniendo respeto a Fidel Castro, quien está enterrado a escasos metros de donde vivió casi toda la vida. Empacó las pocas cosas que le quedaban y junto a su esposa viajó a Uruguay donde los esperaba una de sus hijas.

Carlos y su esposa fueron de los que engrosaron la estadística de cubanos que han llegado a Uruguay en 2025. Son la calve que explica que el saldo migratorio haya sido positivo el último año (entraron más de 22.000 y se fueron cerca de 7.000).

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Y a ese récord —al menos desde que hay registros— se suma otro al que accedió El Observador tras una solicitud de información pública: 13.852 cubanos recibieron la cédula uruguaya por primera vez en 2025. Es la cifra más alta y es la nacionalidad (exceptuando a los propios uruguayos) que más documentos nuevos obtuvieron. Quintuplican a las cifras de los argentinos, o de los brasileños, o de los venezolanos.

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Para Carlos la vida en Uruguay adquirió otro confort. Ya dejó de preocuparse tanto por conseguir una garrafa de gas (casi un imposible en la isla), de tener limitaciones para cuánto combustible carga, o de cocinar un pollo con queroseno en un patio porque no había luz ni gas a la vez.

Paseaba al perro de su hija por el Parque Rodó, fue haciéndose amigos, pero le quedaba un pendiente que lo perturbaba: su hijo más chico, ingeniero civil de profesión, estaba en la isla con cada vez menos dinero para hacerle frente a la asfixia. Y Carlos pensó que era un buen momento para visitarlo y vender su casa en Santiago de Cuba.

Hasta ahora no pudo. La está ofreciendo por unos 5.000 pesos cubanos (poco más de 200 dólares). Sabe que “no es nada para los montos que se manejan en Uruguay, pero es calidad de vida para mi hijo. Está claro que esta no es una buena vida, pero hay que sacrificarse”, dice en una charla a la distancia con El Observador.

¿Qué está pasando en Cuba?

Es probable que más de algún político en Uruguay responda con simplificaciones: “Lo que pasa en Cuba es una dictadura”. Y otro político retruque: “Es un país sofocado por el embargo y el imperialismo yanqui”. Pero la mayoría de inmigrantes recientes no refieren tanto a la política —puede que también tengan miedo de hablar o que sus palabras signifiquen una represalia para los suyos que quedan en la isla—, sino que relatan historias de supervivencia elemental.

La organización UruVene, que como indica su nombre al principio fue creada como una comunidad de venezolanos y fue creciendo hasta convertirse en una de las de mayor alcance entre los recién llegados, recibió el último año más consultas de cubanos que de cualquiera de las otras 12 nacionalidades que atendió (incluyendo los venezolanos).

Incluso por estos días están recibiendo relatos de quienes todavía están en la isla y buscan cobijo en Uruguay.

Así relata una señora, que prefiere mantener el anonimato –contactada a través de UruVene–, parte lo que pasa con los servicios esenciales en su ciudad, una zona distinta a la de Carlos:

—Las horas de electricidad varían por zona del país e incluso es diferente la afectación (las horas de apagón) de un municipio a otro. Este jueves en mi casa estuvimos sin electricidad desde las 10 de la mañana hasta las ocho de la noche, hace días no se iba la luz pero sé que amigos han tenido más de 12 horas de afectación. El gas de garrafa (como dicen en Uruguay) está en total carencia y esto agrava la situación de muchas familias, porque si no tienen luz ni gas: ¿cómo cocinan? El abastecimiento de agua varía de una zona a otra.

Los ingresos y la red de contención son clave para sobrellevar tamaña asfixia. Pero tras una recopilación de otros relatos y publicaciones de medios internacionales, en un escenario optimista un trabajador promedio recibe unos 10000 pesos cubanos por mes (400 dólares) contando el apoyo de familiares en el extranjero.

Un paquete de pollo entero cuesta 150 dólares. Un cartón de huevos, 116 dólares. Un paquete de leche de mala calidad, 63 dólares. Un litro de aceite de soja, 42 dólares. Ya casi solo con eso se fue el ingreso de todo un mes. Y el acceso a frutas y verduras es limitado.

—¿Cuál es a su juicio lo más sensible de la situación que atraviesan?

A través de UruVene, responde en el anonimato:

—La salud.

Justo en lo que Cuba se destacó en las primeras décadas de la revolución. Los medicamentos deben adquirirse en el mercado informal a precios fuera del alcance de la mayoría. “Estamos hablando de cosas vitales para personas de la tercera edad o con enfermedades crónicas como el Parkinson, hipertensión, insuficiencias renales”. Una simple sonda vesical ronda los 45 dólares si se consigue barato. En Uruguay vale diez veces menos.

Y ante tanta oscuridad —literal y simbólica— Uruguay está siendo uno de los faros que más tienta e ilumina a los cubanos que ven su “sueño americano” una travesía demasiado riesgosa en la actualidad.