Cuando todo parecía perdido: la reacción espontánea que salvó a un niño en La Paloma
Lo que comenzó como unas vacaciones familiares en La Paloma estuvo a punto de terminar en tragedia. El 1.º de enero de 2026, Lucas, un niño de apenas tres años, cayó a una piscina en un complejo hotelero del balneario y permaneció varios minutos bajo el agua. Cuando fue rescatado, no respiraba. Estaba cianótico. El pronóstico era crítico.
Hoy, semanas después, Lucas celebra sus cuatro años sin secuelas neurológicas ni respiratorias. Su historia es el resultado de una cadena de decisiones, reflejos y voluntades que se activaron sin planificación previa, pero con una precisión extraordinaria.
El relato fue reconstruido por su tío, el abogado y docente Juan Martín Olivera Amato, quien destacó la dimensión humana de lo ocurrido: una organización espontánea que funcionó cuando cada segundo contaba.
El instante decisivo
El accidente ocurrió mientras varios niños jugaban en el predio del hotel. Al notar la ausencia de Lucas, comenzó la búsqueda. Fue Lucía Monteserín quien intuyó el peligro más inmediato y se dirigió hacia la piscina. Allí vio al niño en el fondo del agua.
Su esposo, Agustín Fraschini, se zambulló sin dudarlo y lo sacó, entregándolo a su padre. La escena era desesperante. Lucas no respiraba.
En ese momento se activó el primer eslabón de la cadena que le salvaría la vida. Martín Domínguez, exalumno del IEEM y veraneante en el lugar, inició de inmediato maniobras de reanimación cardiopulmonar. Lucas expulsó agua, pero su estado seguía siendo crítico.
Médicos fuera de guardia, respuestas dentro del tiempo
La Dra. Ofelia López Ramos, pediatra de Tacuarembó que se encontraba en el lugar, tomó la posta y sostuvo las maniobras de reanimación junto a Domínguez. En paralelo, se organizó el traslado urgente al centro asistencial COMERO de La Paloma, realizado en un móvil policial.
Mientras algunos se encargaban de la logística médica, otros fueron a buscar a la madre del niño, que había salido a caminar, y a contener a sus hermanos. Cada persona asumió una tarea sin instrucciones ni jerarquías.
En la mutualista, Lucas fue recibido por la Dra. Romina García y un equipo médico que logró estabilizarlo. En una escena que parece sacada de una película, la Dra. Malena Delgado, médica intensivista que pasaba casualmente por el lugar, advirtió la situación y se sumó para colaborar en la compleja intubación del menor.
Una hora sostenida a pulso
El traslado al Sanatorio Cantegril de Punta del Este fue una carrera contra el tiempo. Durante más de una hora, el Dr. Pablo Sosa mantuvo manualmente la respiración asistida del niño, sin interrupciones, acompañado por la enfermera Gimena Ramos.
La Policía de Rocha desplegó un operativo de escolta que permitió atravesar la Ruta 10 y el tránsito esteño con rapidez, abriendo paso a la ambulancia.
En el sanatorio, un amplio equipo médico sostuvo las horas más delicadas de la internación. Pediatras, intensivistas y personal de enfermería trabajaron en un equilibrio frágil entre la sedación y las primeras señales de respuesta del niño.
La vida vuelve
Días después, Lucas fue extubado. Lloró, reconoció a sus padres y pidió jugar con autitos. También pidió helado de chocolate.
El 9 de enero recibió el alta médica, sin secuelas físicas ni neurológicas. La hiperactividad propia de sus tres años parecía intacta.
Más allá del desenlace clínico, la historia deja una reflexión más amplia.
“Ese día vi una organización real, sin organigramas ni planificación, que funcionó con una coordinación asombrosa”, escribió su tío.
Una cadena humana que, sin conocerse del todo, sostuvo la vida cuando parecía imposible.
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