Cuando la droga toma la cuadra: vecinos del centro de Rocha denuncian meses de miedo e impunidad
No ocurre en una periferia olvidada ni en un asentamiento invisible para el mapa urbano. Ocurre a cuatro cuadras de la plaza Independencia, a escasos metros de la Jefatura de Policía y en un barrio históricamente tranquilo del centro de Rocha. Allí, vecinos denuncian que la instalación de una presunta boca de venta de drogas transformó la vida cotidiana en una secuencia de miedo, desgaste y resignación.
El relato surge de un vecino que, por razones de seguridad, pidió preservar su identidad y decidió hablar públicamente en el informativo de Tv Rochense. Su testimonio dibuja un escenario que se repite en muchas ciudades de la región, pero que en Rocha adquiere una gravedad particular por su localización: calles Sarandí, General Artigas, 18 de Julio y avenida Martínez Rodríguez, un cuadrante céntrico, comercial y con una alta presencia de personas mayores.
“Era un barrio tranquilo, con un 70% de gente jubilada. Hoy es insoportable”, resume. Según su relato, desde fines de octubre comenzó un movimiento discreto que fue escalando hasta volverse permanente. “A fin de año fue escandaloso. Ahora está peor”, dice.
Tránsito constante, violencia y apropiación del espacio
El vecino describe un flujo continuo de personas que entran y salen de una vivienda ubicada sobre calle General Artigas, señalada por los residentes como el epicentro del problema. Consumidores que circulan día y noche, discusiones, episodios de violencia, pedidos insistentes de dinero a quienes caminan hacia un comercio y la ocupación de porches ajenos para consumir drogas.
A eso se suman daños materiales: ventanas rotas, conexiones eléctricas robadas a casas linderas y una sensación de vulnerabilidad que golpea con más fuerza a quienes menos margen tienen para defenderse. “Hay muchas señoras solas, adultas mayores, y comercios alrededor. Todo convive con esto”, relata.
El centro, que debería ser sinónimo de seguridad y presencia estatal, se volvió para estos vecinos un territorio hostil. “Estamos a 400 metros de la Jefatura. Eso es lo más doloroso”, agrega.
Denuncias que no alcanzan
Los vecinos no se quedaron quietos. Hubo denuncias locales y también a nivel nacional. Más de seis, según el testimonio. En estas horas, incluso, comenzaron a organizarse para juntar firmas y elevar una nota formal a la Jefatura de Policía.
Reconocen el trabajo de la patrulla de calle. “Vienen, los retiran, les toman los datos. El trabajo policial en la calle ha sido excelente”, aclara el vecino. Pero el problema persiste. La boca sigue funcionando, el movimiento no cesa y la convivencia se degrada.
“Todo sigue igual que cuando empezó, o peor”, resume, con una frase que pesa.
Una casa, muchos silencios
Según el testimonio, la vivienda señalada habría sido ocupada, aunque los detalles sobre su situación legal no están claros. Lo que sí es claro para los vecinos es que todos los episodios confluyen en un mismo punto. “Todos los problemas llevan a esa casa”, insiste.
El centro también puede romperse
Lo que denuncian estos vecinos no es solo una boca de drogas. Es la pérdida del derecho a vivir sin miedo, a sentarse en un porche, a caminar hasta el almacén sin ser abordado, a dormir sin sobresaltos. Es, en definitiva, el avance de una lógica que erosiona el tejido urbano desde adentro.
Rocha, como tantas otras ciudades, enfrenta una pregunta incómoda: qué pasa cuando el problema deja de estar “en otro lado” y se instala en el corazón mismo de la ciudad. Y, sobre todo, cuánto tiempo puede resistir un barrio antes de quebrarse.
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